¿Y si estamos todos equivocados?
Sebastián San Martín reflexiona sobre Felipe Lecannelier, el sufrimiento traumático y la revisión de nuestras certezas en la práctica psicológica.
Columna de opinión
¿Y si estamos todos equivocados?
Hay autores que uno estudia para incorporar nuevos conocimientos y hay otros que consiguen algo bastante más difícil, mover el lugar desde el cual uno estaba mirando.
Eso me ha ocurrido durante el último tiempo con Felipe Lecannelier y, especialmente, con su último libro, La organización temporal del sufrimiento traumático.
Después de más de una década ejerciendo como psicólogo, inevitablemente uno construye ciertas convicciones. Elegimos una orientación teórica, desarrollamos una manera de comprender el sufrimiento y acumulamos experiencias que van configurando nuestra identidad profesional. En mi caso, esa identidad ha estado profundamente vinculada a la psicología humanista existencial. Por eso resulta especialmente significativo encontrar, después de tantos años, ideas capaces no necesariamente de reemplazar esa mirada, sino de obligarme a ampliarla.
Una de las afirmaciones de Lecannelier que más me ha interpelado es también una de las más provocadoras; la psicología es una ciencia tan joven que, en términos de su desarrollo, está en el jardín infantil.
La frase puede resultar incómoda, a mí me parece profundamente necesaria.
Porque si aceptamos por un momento esa premisa, cambia nuestra relación con aquello que creemos saber. Los modelos psicológicos dejan de aparecer como explicaciones definitivas sobre el ser humano y vuelven a ocupar el lugar que probablemente siempre debieron tener, aproximaciones parciales a un fenómeno cuya complejidad todavía estamos intentando comprender.
Lecannelier propone incluso un punto de partida todavía más radical, asumir que, de alguna manera, todos estamos equivocados.
No como una renuncia al conocimiento científico ni como una invitación a pensar que cualquier explicación tiene el mismo valor, todo lo contrario, es una invitación a cuestionar nuestras certezas, revisar nuestros supuestos y atrevernos a mirar fuera de los límites tradicionales de nuestra disciplina.
Y eso es precisamente lo que encontré en La organización temporal del sufrimiento traumático.
Para pensar el sufrimiento humano, Lecannelier abre la conversación hacia lugares que para muchos psicólogos pueden resultar inicialmente ajenos o bien incomodos; la termodinámica, los sistemas complejos, la biología, la filosofía y la epistemología entre otros y no porque la psicología deba transformarse en física o filosofía, sino porque quizás el fenómeno que intentamos comprender es demasiado complejo para ser explicado exclusivamente desde la psicología.
Esa idea inevitablemente tensiona nuestros modelos tradicionales.
A lo largo de nuestra historia hemos construido distintas maneras de comprender el cambio psicológico, simplificando enormemente sus diferencias, algunas perspectivas han puesto el énfasis en modificar nuestra manera de pensar; otras, en el cuerpo, sensaciones y emociones; otras, en nuestros vínculos y relaciones de apego; otras, en las dinámicas familiares; y otras, en el ambiente.
Todas han realizado aportes extraordinariamente importantes.
Pero la propuesta que recojo de Lecannelier introduce una pregunta diferente: ¿qué ocurre si el problema está precisamente en intentar comprender separadamente aquello que funciona como un sistema?
Un ser humano no es solamente sus pensamientos, tampoco es su cuerpo, sus vínculos, su historia, sus experiencias adversas o el ambiente en que vive. Es un sistema complejo en el que todas esas dimensiones interactúan permanentemente, modificándose y organizándose unas a otras a través del tiempo.
Desde ahí también comienza a cambiar nuestra manera de comprender el trauma.
Una de las ideas que más me ha movilizado es pensar el sufrimiento en relación con las experiencias adversas que una persona ha vivido. Y no necesariamente buscando un acontecimiento traumático extraordinario que explique todo lo que ocurre posteriormente, sino intentando comprender cómo determinadas experiencias han ido organizando una manera particular de sobrevivir, relacionarse y habitar el mundo.
Y aquí aparece otra distinción propuesta por Lecannelier que considero especialmente relevante, no es lo mismo hablar de salud mental que hablar de sufrimiento.
Pensemos, por ejemplo, en la depresión.
Podemos describirla mediante síntomas, criterios diagnósticos y categorías clínicas, todo aquello puede tener utilidad. Y si salimos de la caja, podemos también preguntarnos si aquello que estamos observando debe comprenderse exclusivamente como una enfermedad o si estamos frente a una determinada organización del sufrimiento humano.
La diferencia puede parecer solamente conceptual, pero modifica profundamente la manera en que miramos a quien tenemos enfrente.
Porque dejamos de preguntarnos únicamente “¿qué tiene esta persona?” para comenzar a preguntarnos “¿qué ha ocurrido en su vida para que su sufrimiento haya llegado a organizarse de esta manera?”.
Para mí, como psicólogo, esa diferencia no es menor.
Significa volver a mirar a la persona antes que al diagnóstico, significa comprender que aquello que llamamos síntoma quizás no sea simplemente algo defectuoso que debemos eliminar, sino parte de una organización mucho más compleja que tiene una historia, una función y una temporalidad.
Y significa también aceptar los límites de nuestros propios modelos estudiados en las escuelas de psicología.
Quizás por eso este libro me ha resultado tan movilizador, no porque me haya entregado un nuevo modelo al cual adherir ciegamente. Y si algo he recogido precisamente de Lecannelier es que reemplazar una certeza absoluta por otra sería repetir el mismo problema.
Su aporte ha sido otro.
Me ha hecho salir de la caja de mi propia disciplina.
Me ha llevado a interesarme por ideas provenientes de lugares que durante mucho tiempo parecieron distantes de mi práctica clínica. Me ha obligado a revisar conceptos que utilizaba con naturalidad y, sobre todo, me ha recordado que después de más de una década ejerciendo esta profesión todavía puedo -y quizás debo- cuestionar profundamente mi manera de comprenderla.
Hay algo tremendamente estimulante en eso.
Porque quizás crecer profesionalmente no consiste solamente en acumular conocimientos. También consiste en conservar la capacidad de permitir que ciertas ideas nos incomoden, nos desordenen y nos obliguen a volver a pensar.
Felipe Lecannelier ha producido eso en mí.
Y si realmente estamos todavía en el jardín infantil del desarrollo de nuestra disciplina, quizás deberíamos comportarnos un poco más como quienes recién comienzan a conocer algo: observar, preguntar, explorar, equivocarnos y mantener la curiosidad frente a aquello que todavía no comprendemos.
Partiendo, como propone Lecannelier, desde una premisa incómoda pero extraordinariamente fértil:
Tal vez todos estamos equivocados, y quizás sea precisamente, desde ahí desde donde podamos comenzar a comprender un poco mejor.
ITER | Psicología • Educación • Sociedad
Por Sebastián San Martín
Psicólogo Clínico
Columnas de opinión para pensar lo humano en contexto
Este espacio busca abrir conversaciones sobre psicología, educación y sociedad desde una mirada clínica, social y situada.
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